Feeds:
Posts
Comments
La Gracia, como acción de Dios, cambia los corazones. 

Por: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic.Net 

El pecado deja huellas: en la vida personal, en los familiares y amigos, en la sociedad, en la Iglesia, en todo el mundo.

Esas huellas pueden ser más o menos profundas: heridas, rencores, vicios, daños duraderos.

También la gracia deja huellas, mucho más poderosas y decisivas que las huellas que pueda dejar el pecado.

Porque la gracia, como acción de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, cambia los corazones, limpia los pecados, rescata a los hijos, promueve el amor.

San Pablo lo dijo de un modo único en su Carta a los romanos: “En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por un solo, por Jesucristo! (…) pero donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (cf. Rm 5,17-21).

La esperanza cristiana tiene sus raíces en esta verdad: Dios ha vencido, Dios es omnipotente, Dios es Amor, Dios actúa siempre en la historia humana.

Por eso, frente a tantos escándalos, heridas, sufrimientos, pecados, los católicos tenemos una certeza: la Pascua representa la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.

No hay, entonces, motivos para el desaliento. Quien acoge a Cristo, quien lo proclama como su Salvador, quien se deja curar por la misericordia, vence el mal y permite que el mundo reciba un baño de esperanza.

Nunca seremos capaces de apreciar y agradecer lo suficiente las maravillosas consecuencias de la gracia. Lo que sí podemos hacer es abrirnos confiadamente a Dios para dejarle curar nuestras heridas, y para que nos guíe, desde su ternura de Padre, por los caminos del amor.

Advertisements

Misa los domingos

Posiblemente pertenezcas a una de estas tres categorías de personas:

a) Católico que ibas a Misa con tus padres cuando eras pequeño y un día, durante la adolescencia, dejaste de ir. Fue porque entraste en una crisis: era tiempo de dejar de ir sólo porque tus padres iban y no llegaste a entender por qué debías ir. Estas líneas son para ti.

b) Católico que nunca fuiste a Misa de modo constante. Quizá ni siquiera sabías de la obligación de asistir todos los domingos. Te parece hasta curioso o exagerado que la Iglesia pretenda esa práctica para todos. Estas líneas también son para ti.

c) Católico que va a Misa y, siguiendo el llamado del Papa, quiere ayudar a muchos a volver a sentir la necesidad de esta práctica tan esencial de la vida cristiana. Eres consciente que si cada católico consiguiera por año que un católico no practicante volviera a la práctica de los Sacramentos, conseguiríamos una verdadera revolución en la Iglesia. Estas líneas quieren aportarte algunas ideas que te ayuden en esta tarea.

 

LOS MOTIVOS BÁSICOS PARA IR A MISA

Sentando la base de que casi siempre el comenzar a faltar a Misa el domingo responde a una actitud caprichosa, a la que es muy difícil refutar -precisamente por su falta de racionalidad- aquí tienes unas consideraciones sobre el precepto dominical y la importancia de la Misa en tu vida. Está escrito para personas con fe.

 

  1. Porque Dios es tu Creador y debes dedicarle un tiempo semanal a Él.

Es la manifestación de vivir centrado en Dios y en la salvación: vivir el año centrado en la Pascua; la semana, en el domingo; el domingo, en la Misa. No importa cuánto te aburras, tu Creador ha dispuesto que un día de la semana sea para Él: “Acuérdate da santificar el día sábado. Los seis días de la semana trabajarás y harás todas tus labores. Mas el séptimo es sábado, consagrado al Señor tu Dios” (Exodo 20,8-10). Y parece que tiene derecho a tu obediencia. Faltar sería una desobediencia evidente y frontal (decirle a Dios “no te quiero dar mi tiempo”). Y más allá de la obediencia… Dios se lo merece.

 

  1. Porque como miembro de la familia de Dios, debes rendir culto a Dios de acuerdo a tu naturaleza, junto a tus hermanos.

Esto exige que el culto a Dios no sólo sea interior (en tu corazón) sino también exterior (que los demás vean tu fe) y comunitario (dar culto unido a tus hermanos). Es decir, que te reúnas con otros para adorar juntos a Dios. Más allá de tus gustos personales, asistes a Misa no por ti mismo (porque te guste) sino para mostrar tu reverencia al Omnipotente en comunión con los demás. Nuestra relación con Dios tiene una dimensión comunitaria. No basta rezar solo, tampoco en familia, hace falta hacerlo unidos a nuestros hermanos en la fe. En este sentido es un acto de comunión con nuestros hermanos en la fe: compartir lo más importante que tenemos: la Eucaristía, es decir, Cristo mismo. En este sentido, faltar a la Misa sería un desprecio a tus hermanos y una falta de unidad.

 

  1. Porque tienes que obedecer a la Iglesia.

No es cuestión de un capricho del Papa, sino de una necesidad. En el siglo IV, la Iglesia se vio obligada a imponer este precepto para garantizar a sus fieles el mínimo de vida eucarística que necesitan. Tú eres consciente de la importancia que la Sagrada Escritura da a la obediencia (cfr. Adán y Eva, diluvio, Abraham, Saúl). Desde esta perspectiva, faltar a Misa es una acto de rebeldía.

 

  1. Porque si no fueras, cometerías un pecado mortal

Y no creo que te quieras ir al infierno por esto. Como sabes, hay un precepto que obliga a los bautizados a asistir a Misa los domingos y fiestas de precepto. Es una obligación grave, de manera que su incumplimiento es una falta grave. No te olvides que un día te morirás y te encontrarás a ese Dios a quien ahora estás tentado de ignorar, para darle cuenta de tu vida.

 

  1. Porque necesitas de la Eucaristía para vivir una vida realmente cristiana.

Es una necesidad vital, de manera que, sin la Eucaristía semanal, no te darían las fuerzas espirituales para vivir como un hijo de Dios.

 

  1. Porque sin la Eucaristía no tendrías acceso a la vida eterna.

Jesús no dejó lugar a dudas: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre”; “en verdad os digo, si no coméis la carne del Hijo de Dios y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros”; “el que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna” (cfr. Juan 6,30-58)

 

  1. Porque Jesús te invita a su mesa y sacrificio.

Él lo mandó explícitamente a sus discípulos al instituir la Eucaristía: “Haced esto en memoria mía”. Asistir a Misa no es más que cumplir este mandato del Señor. Y no es sólo una memoria histórica, es una memoria que lo hace presente. Jesús te invita y se te entrega. No responder, ser indiferente a su llamado, sería un desprecio bastante considerable.

 

  1. Porque viviendo en una sociedad que, en muchos aspectos no es cristiana, la Misa es la primera manera de defender, robustecer y manifestar nuestra fe.

Es necesaria para “proteger” tu espíritu del materialismo sofocante que nos rodea: que tu espíritu pueda al menos una vez a la semana “respirar” un aire espiritual. Además, es el primer testimonio cristiano: los demás necesitan tu ejemplo. ¿Te das cuenta qué testimonio de fe da a los que no creen, quien dice creer y muestra no valorar lo que cree?

 

  1. Porque es mucho mejor ir que no ir.

Puede parecer tonto, pero para quien aspira a lo mejor, bastaría sólo este motivo. Yo no creo que haya un plan más santo y santificante para el domingo.

 

La contradicción del católico no practicante. Y cómo se llega a serlo

Pocas cosas hay más inconsistentes que el llamado “católico no practicante”. Es prácticamente una contradicción de términos. A veces, uno escucha a alguien decirlo de sí mismo, incluso hasta con cierto acento de orgullo, como si definiese su modo de ser católico con un calificativo normal, como si dijese un “católico hispanoparlante”. Es decir, como si fuese una variedad normal de católico, una opción más, como si se pudiera ser un “buen católico” no practicante.

Pero si lo piensas, en realidad es un término bastante negativo, que tiene poco de honroso para quien se lo auto-atribuye, ya que significa “un católico que no vive como católico”, “un católico que no es un buen católico”, “un católico que no parece católico”, “un católico que no vive lo que cree” o “que piensa que no vale la pena vivir lo que cree”, “cuya fe no es lo suficientemente grande como para vencer su pereza”, “un católico que piensa que su fe no es tan importante como para vivirla”; “que piensa que da igual vivir que no vivir su fe”, etc.

Un católico que vive como si no lo fuera, que permanece siendo católico sólo en el campo teórico, va perdiendo también la fe, su adhesión a la doctrina católica. Y estos es así, en primer lugar, porque la va olvidando. Es cada vez menos católico. Se cumple lo de San Agustín: “el que no vive como piensa, termina pensando cómo vive”. Su relación con Dios llegará a reducirse a compromisos sociales (bautismos, bodas, primeras comuniones, confirmaciones, funerales…) y necesidades (salud, dinero, trabajo) que sean tan imperiosas como para hacerle acordar que Dios existe y que uno debe dirigirse a Él.

Un problema serio de dejar de ir a Misa, es que significa el comienzo de una religiosidad centrada en uno mismo, en la que lo que Dios manda deja de ser la regla, para ser reemplazado por lo que yo siento, pienso, me cae bien, etc. Una religiosidad frente al espejo. Uno ha dejado de ponerse frente a Dios para ponerse frente a sí mismo. Como consecuencia de abandonar esta cita semanal con lo sagrado, comienza un proceso de insensibilización espiritual: la espiritualidad se va secando, el terreno del alma se va volviendo cada vez más árido para las cosas de Dios, que cada día mueven menos, aburren más, etc. Pecados que antes preocupaban, dejan de preocupar, cada vez son más los días que no reza nada. El alma se va volviendo indiferente, pierde sensibilidad espiritual. Y esto sucede poco a poco. Quien deja de ir a Misa, al principio puede tener la impresión de que no ha pasado nada, de que todo sigue igual, pero no es así. Ha dejado de ser teocéntrico, de vivir centrado en la Eucaristía semanal. Ha desplazado a Dios del centro y esto se paga. Es como el pecador a quien puede parecer que su pecado no tiene consecuencias, pero tarde o temprano descubre que de Dios nadie se burla. Que sí tiene serias consecuencias dejar a Dios.

En el camino para ser un católico no practicante, el punto central es el abandono de la Misa dominical. Nunca encontrarás un motivo positivo para dejar de ir a Misa, que sea virtuoso, es decir que provenga de algo valioso, que dé valor al acto de no ir, que demuestre que es mejor no ir que ir.

Lamentablemente, casi nadie ha dejado de ir a Misa por una decisión serenamente meditada, después de haber pensado y estudiado el asunto, racionalmente decidido que era mejor no ir. Es decir, casi nadie decide dejar de ir a Misa. Lo que pasa es que de hecho se deja de ir, sin saber bien porqué.

El error es bastante común: se deja de ir un domingo por dejadez y pereza, o porque le daba vergüenza confesarse; y como no se confesaba, no podía comulgar; y como no comulgaba se sentía mal en Misa; y como se sentía mal y le daba no sé qué no comulgar, dejó de ir. Y después otro domingo, y uno se acostumbra a no ir, casi sin darse cuenta, y al final algunos tratan de justificar el incumplimiento de este deber básico del cristiano. El argumento final y definitivo para tapar la boca de la madre que insiste para que vayas a Misa es “¡Déjame en paz, vieja!”, lo que no parece un argumento muy convincente. No se quiere por nada del mundo que a uno le recuerden el tema… Es normal que muchos quieran no cumplir y olvidarse de que deberían…

Seriamente, ¿te has puesto a pensar qué es lo que Dios quiere que hagas? Si el domingo se te apareciera un ángel y le preguntaras ¿que hago, voy a Misa o me quedo viendo una película? ¿Qué piensas que te contestaría?

 

Está claro que el más interesado en que no vayas a Misa es el Demonio… De esto no cabe duda.

Motivos comúnmente aducidos para no ir a Misa

  1. Pereza.

“Prefiero quedarme durmiendo”. En realidad, los motivos que siguen son sólo excusas para cubrir este primero. No parece que sea un motivo muy racional, meritorio o valioso.

  1. No tengo ganas/No lo siento.

¿Desde cuándo tus ganas son ley que hay que obedecer? ¿Es que tus ganas son más importantes que la voluntad de Dios? Además, a Misa no vas porque a ti te guste, sino para agradar a Dios. Se va a Misa a honrar a Dios y no a honrarte a ti. Y si te cuesta… ¿acaso Dios no merece ese sacrificio que incluso hace más valioso y meritorio el acto?

  1. Me aburro.

La acusación más frecuente contra la Misa es que es aburrida. Refleja bastante superficialidad, en cuanto que a Misa no vamos a divertirnos. Y es un problema personal, en cuanto que no parece que Dios sea aburrido -es la perfección absoluta-. Además, si tanta gente va a Misa con gusto, algunos incluso todos los días, será que algo le ven que a ti se te escapa. La solución será descubrir qué tiene la Misa para que los cristianos la consideren tan importante.

  1. Es siempre lo mismo.

Si se tratara de una obra de teatro o de una película, estaría absolutamente de acuerdo contigo. Pero no es una representación teatral. Es algo vivo, que pasa ahora. No eres (al menos no deberías ser) un espectador. Eres partícipe. Imagináte que alguien dejara de asistir a un asado porque en los asados siempre pasa lo mismo… (perdón a la Santa Misa por la comparación).

  1. Desinterés.

Las cosas de Dios no me interesan. Si Dios te da igual, tienes un grave problema. Habrá que ver cómo solucionar la falta de apetencia de lo divino que te hace no apto para el cielo.

  1. No tengo tiempo.

No parece que lo que te pide Dios -1 de las 168 horas de la semana- sea una pretensión excesiva. En concreto, quien te creó, te mantiene en el ser y te da lo que te queda de vida -y sólo El sabe de cuánto se trata- se merece el 0,59% del tiempo que Él te da. Si no tienes tiempo para Dios, ¿para quién lo vas a tener?

  1. Otros planes mejores.

No parece que a Dios le interese competir con el fútbol, hockey, cine… No te olvides que el primer mandamiento es “amar a Dios sobre todas las cosas”. Si tienes otros planes que te importan más que Dios, quizá el problema más que en el tercer mandamiento está antes en el primero.

  1. Tengo dudas de fe.

La fe es un don de Dios, con lo cual hay que pedirla. Alejarte de Dios dejando de ir a Misa, no parece el mejor método para resolver dudas de la fe e incrementarla. La frecuencia de sacramentos -confesión y comunión- es la más efectiva manera de aumentar la fe.

  1. Estoy enfadado con Dios.

“Hubo algo que pasó en mi vida (la muerte de un ser muy querido, un fracaso muy doloroso, una enfermedad o cualquier otra tragedia) que me hizo enfadarme con Dios: si Él me hace esto… ¿por qué yo voy a ir a Misa? Es la manera de mostrarle a Dios mi disconformidad con la forma de tratarme”. Hay quienes dejan de ir a Misa como una manera de vengarse de Dios. Pero, en los momentos de dolor ¿no será mejor refugiarnos en Dios y buscar su fortaleza más que reaccionar como un chiquito caprichoso de tres años? Él sabe más… Además, acusar de maltratarnos a quien más nos quiere y murió por nosotros… ¿no será demasiado? ¿No seré yo el que pierdo alejándome de Dios?

  1. “Hay gente que va y después se porta mal”.

“Yo no quiero ser como ellos”, decís seguro de ti mismo. “Además, hay otros que no van, y son buenos”. Es evidente que ir a Misa sólo no basta. Pero, no se puede mezclar la física nuclear con el dulce de leche, ya que las dos cosas no tienen nada que ver. En aquellos que van y después no son honestos, lo que es malo es ser deshonestos, no el hecho de ir a Misa, que sigue siendo algo bueno, aunque ellos después se porten mal. Además, la causa de su supuesta deshonestidad no es el ir a Misa. Lo mismo se puede decir de los “buenos” que no van a Misa: su “bondad” no procede de su falta de Misa y tan “buenos” no serán si les falta una dimensión tan importante de bondad como la bondad misma, es decir Dios. Por otro lado, yo creo que nadie en el mundo se atrevería a decir que los que no van a Misa son mejores que los que van. Finalmente, esto no es un concurso de bondad, ni comparaciones, sino tratar de determinar cuán bueno es ir a Misa. Y claramente, el dejar la Misa no mejora a nadie, en todo caso lo empeora.

  1. No me he confesado y entonces no puedo comulgar.

No es necesario comulgar, ni hay ninguna obligación de hacerlo. No comulgar no es pecado; no ir a Misa, sí. Además, el problema se solucionaría bastante fácilmente con una breve confesión…

  1. Llevarle la contraria a mis padres.

Ofender a Dios para hacer sufrir a tus padres no parece una actitud muy inteligente.

  1. El cura me cae mal.

Por mal que te caiga el cura, no vas a Misa para darle el gusto, ni para hacerle un favor. Él no gana ni pierde nada con tu asistencia o ausencia. El que gana o pierde, eres tú: tu amor a Dios. Además… estoy seguro de que la ciudad en que vives es lo suficientemente grande como para que puedas encontrar alguno que te caiga más simpático…

¿Cómo conseguir pasarlo bien en Misa?

  1. El sistema básico consiste, primero, en ir a Misa: nunca nadie ha conseguido valorar la Misa a base de no ir.

 

  1. El segundo punto consiste en tratar de vivir la Misa. Es decir, dejar de estar como una estatua y comenzar a estar atento, responder, rezar, cantar, evitar las distracciones, etc. Es decir, que “gozar” la Misa depende más de ti que de la Misa.

 

  1. Estudiar. No se ha inventado otro sistema para aprender lo que uno no sabe. Para gozar la Misa hay que entenderla, para entenderla hay que saber qué es. Hay muchísimos libros y folletos que los encontrarás en cualquier librería. Y además, tienes los webs católicos como éste en Internet para informarte sin salir de casa.

 

  1. Leer y meditar los textos de la Liturgia. Tiene una riqueza inagotable, de manera que nadie que medite las partes y oraciones de la Misa puede aburrirse. Es absolutamente imposible. No se encuentra un límite, de manera que siempre se les puede sacar nuevos sentidos, matices, dimensiones, etc.

 

  1. Prepararse. Hay oraciones lindísimas para preparar el corazón para tan importante encuentro con Dios.

 

Pbro. Dr. Eduardo Volpacchio

De: En Pijama con Dios

Por: Celso Júlio da Silva LC | Fuente: Catholic.net 

Cuatro años han pasado desde mi estancia en aquella vieja Salamanca, España. Y recuerdo que el periodo más hermoso era la Navidad. Qué deleite para mis oídos cuando escuché por primera vez aquel “En Belén” poético que enternece el corazón. La melodía parece apresurarnos hacia Belén, a la vez que nos invita a contemplar con dulzura al Niño Dios que duerme en el remanso del regazo de la Virgen María.

Hoy- pensándolo bien- hay una frase de aquella canción que resume espléndidamente la Navidad: “es un trozo de cielo que se enciende en mi hogar”. Trocito de cielo que abraza la tierra en la carne tierna del Hijo de Dios. Sin embargo, la Navidad es trozo de tantas cosas más que captamos sólo contemplando al Niño Dios. 

1. Un trozo de cielo: Belén es el escenario escogido para el aterrizaje del Cielo en la tierra. Dios llega a la tierra. No viene con pasaporte de turista. No es uno más que pasa por este mundo y se marcha, desentendiéndose. Dios viene con pasaporte de hombre, con identificación de Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Viene para ser uno de nosotros. Dios entre hombres. Nunca el Cielo estuvo tan metido en el regazo de la tierra.

San Gregorio Magno dice que la hermosura de la Navidad está en el maravilloso hecho de que Dios va asumiendo las estrecheces de ese viaje a la tierra. Se trata de un camino que se va estrechando cada vez más a medida en que el Cielo se va adentrando en las entrañas de la tierra. Del trono del cielo a la estrechez de las entrañas de María. De las entrañas de María a la estrechez de un pesebre. De un pobre pesebre hasta la estrechez del patíbulo de la cruz. De la cruz a la estrechez de un sepulcro. De un sepulcro a la estrechez de la fe de sus discípulos. Y así Dios fue asumiendo tantas estrecheces que se dejan entrever a lo largo de su paso por este mundo.

Si el Cielo encuentra hospedaje en la tierra eso implica también que el sacrificio sea la nota dominante de tanto amor por los hombres. En esta Navidad pedimos que el Cielo invada nuestros hogares, nuestras familias, nuestros corazones. Pero recordando que para que el Cielo reine entre nosotros es necesario saber aceptar con amor las estrecheces, los retos y las dificultades que la vida nos brinda. Lo vivió Jesús. Queremos vivirlo también nosotros, convirtiéndonos en trocitos de cielo.  

2. Un trozo de pan: Hacia Belén van los que tienen hambre de Dios. No es casualidad que Belén signifique “casa del pan”. Ese pan que es Jesús. Pan cocido en el vientre virginal de María, horno caliente de gracia y de fe. Pan envuelto en pobres pañales, no para no enfriarse dentro de una cueva húmeda, sino para no perder su calor divino delante de la humana frialdad. Pan fresco escondido detrás de los maderos y los serruchos de una carpintería paterna. Pan repartido entre pecadores, enfermos, ciegos, cojos, pobres. Pan que se vuelve migajas para saciar el hambre de quien ni siquiera puede acercarse para probar un trozo de su amor. Pan de Vida que culminará despedazado, pisoteado, aplastado y rechazado en la crueldad de una cruz. Que Jesús es Pan ya lo intuía san Jerónimo con este hermoso fragmento: “¡Feliz el que tiene Belén en su corazón, en el cual Cristo nace cada día! ¿Qué significa entonces “Belén”? Casa del pan. También nosotros somos una casa del pan, de aquel pan que ha bajado del cielo” (San Jerónimo, Comentario al Salmo 95).

¡Oh Belén, casa del Pan! Hoy llegamos a tus afueras para saciar nuestro corazón con el verdadero Pan bajado del Cielo. Que Jesús nos enseñe a volvernos pan para nuestros hermanos. Seguramente hoy hay alguien muy cerca de nosotros con una tremenda hambre de Dios. Una lágrima para ser enjugada. Una mano para ser apretada. Una mirada para ser comprendida. Unos brazos abiertos mendigando un abrazo. Un cuerpo enclenque y sucio solicitando nuestra ayuda. Una cabeza baja sin fuerzas y sin sueños pidiendo nuestra atención y nuestro aliento. Como Jesús podemos ser pan para saciar el hambre de tanta gente que tiene hambre de Dios. Como Él y en Él podemos convertirnos en esta Navidad en trocitos de pan.     

3. Un trozo de acogida: Las posadas están alborotadas de gente. Nadie quiere compromisos con María y José. Dios, cuando llega, “estorba”. No hay lugar porque ya hay tanta gente, tantas cosas, tantos intereses que no son Dios, que ya no cabe en ninguna fonda el divino alumbramiento. Bien poetizó Ramón Cué, S.J. en uno de sus versos: “Todo hubiera empezado de otro modo; las estrellas columpiándose por tus aleros, los ángeles cantando en tus balcones, los reyes perfumando tu patio con incienso, y en tu fonda el divino alumbramiento. Pero: – “No queda sitio, ni una cama; lo tengo todo lleno”. Y Dios pasó de largo. ¡Qué pena, posadero!”.

Pasados tantos siglos la indiferencia ante el paso de Dios por nuestras puertas aún está vigente. Cambian los tiempos y las costumbres, pero la esencia de la acogida no cambia. Jesús pide acogida hoy en el pobre y el enfermo, en el prófugo y el emigrante. En el sin techo y en el desilusionado. Tantas formas ingeniosas de poder acoger a Jesús y los hombres todavía prefieren el sillón de Herodes. Prefieren la comodidad de sus seguridades.

Uno de los Reyes Magos lleva oro al Niño Jesús. Oro porque es Rey. También en esta Navidad queremos dar a Jesús el oro de nuestra acogida, reconociendo su reinado en nuestras almas y en nuestra vida. 

Acoger es comprometerse con Dios en el rostro del hermano, pero ¿quién quiere correr el riesgo del compromiso? “No queda sitio, está todo lleno”. Quien sabe acoger es porque a su vez ha sido acogido. La acogida nace cuando se respira el aire de comunidad y fraternidad. Quien vive solo, egoísta, como el rey Herodes, no tiene la capacidad de adorar y tampoco de acoger.

En esta Navidad pedimos al Niño de Belén que conceda a todos los hombres un trozo de acogida para crear un mundo más sensible a la soledad de tanta gente.      

4. Un trozo de adoración: Desde las afueras de Belén podemos escuchar el bullicio de la gente que está ansiosa con el censo promulgado por Augusto. Aquí en esta cueva reina, en cambio, el silencio. Silencio que incita el alma a la adoración.

San Ignacio de Antioquia, como en una visión, escribe las actitudes de María y de José ante el Niño Dios. José, el protagonista del silencio orante, allí está a un lado, callado y piadoso. El que no se esperaba todavía el regalo de un hijo, acabó por ser padre putativo de Dios bajado del cielo. ¿Entenderlo en las categorías humanas? No. Sólo queda adorar el Misterio que alumbra su mirada paterna. María besa los pies del pequeñuelo porque es su Señor. Acaricia y besa su rostrito porque es su hijo. Y reza en su interior, preguntándose cómo será posible que haya llevado en su seno el Sol brillante de justicia, cómo es que no se haya abrasado de tanto amor y tanta dulzura. Casi ciega ante tanta luz, María tiene los ojos bañados en lágrimas.

De repente se asoman a la cueva unos hombres andrajosos: pastores. No traen nada material para dar a Dios. Sólo traen su presencia humilde. Quieren adorar. Ante este escenario, doblamos nuestras rodillas porque si el Cielo ha visitado la tierra y el Pan ha entrado en el vientre sufriente de este mundo, es porque este Niñito es Dios.

Sólo por hoy queremos llorar de conmoción. Sólo por hoy dejaremos a un lado los afanes y las preocupaciones diarias. Sólo por hoy permitiremos que la eternidad envuelva nuestro tiempo efímero y ajetreado. Sólo por hoy permitiremos que la Vida Eterna inunda con su gracia la lenta muerte de nuestra existencia sobre esta tierra. Los hombres no alcanzan la felicidad porque no saben adorar.

En ese clima de adoración se huele el incienso traído por uno de los Reyes Magos. ¿Qué es este incienso sino el indicativo de que Cristo es Dios y se merece nuestra adoración? Mientras tanto, allá está Herodes en el sillón de su palacio. Egoísta y mezquino. No sabe adorar. ¡Pobre hombre! A los “Herodes” de nuestro tiempo pedimos la gracia de la conversión del corazón en esta Navidad. “Herodes” que no creen, “Herodes” que desprecian a Jesús. A tantos “Herodes” que caminan por nuestras calles pedimos ante el pesebre de Jesús la gracia de algún día hacer un poco de adoración.          

5. Humanidad: El que viene es Dios y es Hombre. Si fuera difícil captar esta gran verdad de fe, basta fijar nuestra atención en uno de los regalos que le deja al Niño Dios uno de los Reyes Magos. Reyes porque traen algo de gran valor de sus tierras. Sabios, -porque guiados por una estrella-, sólo podía ser gente que sabía de astrología. Por tanto, son sabios que traen objetos preciosos, especialmente por el candor del significado de cada objeto.

Uno de ellos trae mirra. Ese aroma amargo que nos dice que el Niño acostado en el pesebre es hombre y como todo hombre pasará por el amargo sufrimiento del dolor y de la muerte. Dios quiere comprender nuestra humanidad no como un espectador indiferente. En Cristo Dios ha abrazado todo el dolor y el llanto de todos los hombres de todas las épocas y culturas.

Ese olorcito de mirra es la concreción de aquello que escribió Terencio muy acertadamente: “Soy hombre y nada de lo humano me es indiferente”. Cristo no vino indiferente, vino con un plan: morir y resucitar por nosotros. Es curioso notar que en algunos mosaicos bizantinos, cuando se representa el Nacimiento, el Niño Dios no está acostado en un pesebre lleno de pajas suaves, sino esta acostado en un pequeño ataúd. Nace para morir- ya lo decían algunos escritores paganos de los primeros siglos- cuando todos los hombres cuando nacen, naturalmente nacen para vivir.

Ante esta realidad, nada tan divino como el Nacimiento en la carne del Hijo de Dios. Eso sí que es humano, porque abraza nuestra realidad. La carne tierna de Jesús es el dulce recipiente de todo el dolor, penas y alegrías de la humanidad. Por ello, la Navidad es también un trozo de humanidad. Pedimos al Señor que ante la mirada inocente y pura del Niño Dios los hombres aprendamos a ser más humanos, más sensibles ante el dolor, el sufrimiento y también los gozos de los demás. ¡Qué la Navidad traiga al mundo un trozo de humanidad!      

6. Un trozo de amor: En esta Navidad nace el Amor. Ese Dios humanado viene para enseñarnos el amor verdadero, el ágape.

Todos los hombres desean amar y ser amados porque es así que su existencia se vuelve don y toma un profundo sentido. Es por ello que el cielo viene cuando existe amor entre los hombres, pues bien atinado escribió Fiodor Dostoievski en su obra Los hermanos Karamazov: “el infierno es el sufrimiento de no poder amar”. Cuando no hay amor, no hay cielo y empieza el infierno.  Por ello, en Cristo que es Amor el hombre también se entiende a si mismo. Ya lo decía san Juan Pablo II en su primera encíclicaRedemptor hominis: “el hombre no puede vivir sin el amor; el hombre sin amor permanece para sí mismo un ser incomprensible”.

En medio de tanto odio, tanta discordia que existe en nuestras familias, comunidades, en definitiva, dentro de nuestro corazón, hoy Dios que es Amor mendiga un trozo de amor humano. Lo mendiga en el prójimo que vive a nuestro lado diariamente y lo mendiga en la soledad de nuestras iglesias, de los muchos sagrarios vacíos de nuestras ciudades y pueblos.

Desde la cuna de Belén el Amor va perfilando en el horizonte humano la belleza salvadora de la cruz que es amor. Un palo vertical hacia el cielo, hacia Dios: amor hacia Dios. Un palo horizontal hacia los dos polos de la tierra: amor hacia el prójimo.

Pidamos al Señor que todos aquellos que aún no han encontrado el sentido de sus vidas y mendigan amores efímeros de esta tierra, descubran en el Amor de la cuna de Belén el don de amar en el don de la renuncia y la entrega, en definitiva, desde la dimensión salvífica de la cruz de Cristo. Sólo en Cristo, el Amor verdadero, el hombre se comprende a si mismo. En esta Navidad queremos ser en Cristo trocitos de su amor por todo el mundo.

Conclusión: La Navidad es ese trozo de tantas cosas que nosotros anhelamos desde lo más íntimo de nuestro corazón. Que el Niño Dios en su pequeñez ilumine nuestras tinieblas para poder así calentar el alma y seguir caminando por el camino de la vida cristiana.

¡Feliz Navidad a todos y un próspero Año Nuevo repleto de bendiciones!  

No se trata de católicos al poder, se trata de católicos al servicio

Por: Sebastian Campos | Fuente: catholic-link 

No importa del país de donde sea que estés leyendo esto: te tienen rodeado, así que pon atención y cuidado.Estamos experimentando un profunda crisis vocacional dentro de la Iglesia. Y cuando digo Iglesia no me refiero al clero y los consagrados, me refiero a ti y a mi, laicos de a pie, comunes y silvestres de los que vamos a misa y prestamos algún servicio entre la semana, porque no hay vocaciones a servir a los demás en medio de la política y el ambiente social.

Nos tienen rodeados y nos hemos dejado rodear al no ir a las urnas, al no informarnos debidamente, al permitirnos que nos de lo mismo. Entonces ahora, que la olla está que explota de presión miramos al cielo con cara de desesperados, como pidiendo que baje algún político iluminado, que además tenga un gran respaldo ciudadano y cambie todas las cosas.

Te invito a mirar este video y a que reflexionemos juntos sobre algunas ideas y desafíos para nuestras comunidades, para nuestros entornos, pero sobre todo para nosotros mismos.

Hay una mentira que el diablo nos quiere hacer creer: «somos menos y por eso no pesamos en las decisiones». Te dejo un reportaje que muestra que hay el doble de católicos que hace 45 años, no lo vas a poder creer. ¿Dónde está toda esa gente?

No somos menos, pero sí pesamos menos en las decisiones políticas porque no estamos metidos en ellas. Nuestra crisis vocacional consiste en que no estamos interesados en participar en política y estamos sufriendo las consecuencias sociales de esa falta de interés. Las ideologías y corrientes de pensamiento progresista están dándonos duros golpes estos últimos años y lo único que hemos atinado a hacer es salir a marchar por las calles con carteles, rosarios y cruces expresando nuestro desacuerdo y pelearnos con medio mundo a través de las redes sociales. Cosa que no está mal, pero aún se puede hacer más.

Es cierto, tenemos varios políticos católicos en nuestros países, pero no lideran grandes masas de gente y tienen que dar la pelea solos. Ellos son motivo de burla y nosotros pocas veces salimos en su defensa. A los pocos que se atreven, los dejamos solos. Siendo esta la realidad, te propongo desafíos políticos para ir compartiendo con quienes tienes a tu alrededor. Son cosas de la vida cristiana pero que, hechas con un corazón abierto a servir, puede ser semilla de cambio.

1. No se trata de católicos al poder, se trata de católicos al servicio: Nuestra participación activa en política no es para que desde el gobierno se nos dé más plata para nuestros retiros, para que nos den más feriados religiosos o para erradicar todas las ideologías que nos son contrarias. Estamos en política porque buscamos el bien común. Esto es «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección» (GS 26, 1).

2. Aunque nos caen mal, rezamos por ellos: San Pablo se lo encarga a Timoteo, que seguramente también sufría a causa de políticos que solo buscaban poder y no el bien común, por eso le dijo: «Te ruego que ante todo que hagan peticiones, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y todos los que tienen autoridad, para que podamos gozar de una vida tranquila y apacible, plenamente religiosa y digna» (1 Tim 2, 1-2). Si no rezas por ellos, a conciencia y en todo momento (no solo antes de que voten alguna ley inmoral), entonces, ¿qué esperas?.

3. Para que exista democracia debe haber gente que participe: Su traducción desde el griego significa “gobierno de la multitud” o «gobierno de los más». Para que exista entonces, tienen que haber esos “más” o esa “multitud”. La participación no solo es una opción voluntaria (en algunos países) dependiendo de si me gusta o no algún candidato. Es imperativo que nos hagamos parte, que dejemos de pensar que –«este candidato no me gusta, pero este me gusta menos así, que voy a voy votar por el mal menor, el que menos me desagrada»–. No hay mal menores, un mal es un mal y debemos evitarlo y si no hay alguien bueno por quién votar, no es problema de los candidatos, es nuestro.

La Iglesia lo enseña así: «El bien común es un deber de todos los miembros de la sociedad: ninguno está exento de colaborar, según las propias capacidades, en su consecución y desarrollo» (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº167).

Finalmente te dejo con las palabras que nos dirigió el Papa Francisco a los católicos de todo el mundo sobre nuestro rol en la política:

«Ninguno puede decir: “Yo no tengo nada que ver con esto, son ellos los que gobiernan… No, no, yo soy responsable de su gobierno y tengo que hacer lo mejor, para que ellos gobiernen bien y tengo que hacer lo mejor por participar en la política como pueda».

Estamos comprometidos a ejercer nuestra libertad siempre para hacer el bien y nunca para violar los derechos ajenos

Por: Padre Jordi Rivero |

Responsabilidad Social

El católico, como todo ciudadano, tiene una responsabilidad social. Es cierto que en la política hay mucha corrupción y que algunos grupos cristianos se han descarriado al abandonar la fe en favor de un mesianismo político. Pero la solución a estos errores no es desentenderse de la política sino servirse de ella para el bien a la luz del Evangelio.

Ningún político, ningún partido, es El Camino, La Verdad y La Vida. Pero todos están llamados a ser instrumentos. Es la responsabilidad del ciudadano discernir con objetividad, sometiéndolos constantemente a la prueba. La medida es siempre Cristo a quien todo debe someterse.

La Iglesia, inspirada por el Espíritu Santo, nos enseña fundamentos sólidos para discernir y actuar en el campo social. La deplorable condición en que se encuentran nuestros países del continente Americano demuestra la urgencia. Trabajemos pues con confianza para expandir el Reino de Dios.

Algunos puntos importantes:

Ningún gobierno, partido o político se puede confundir con el Reino de Dios.Todos deben someterse a Dios de manera que reciban de Él la luz y la gracia necesarias para ejercer su misión. Toda autoridad legítima procede de Dios y debe someterse totalmente a Dios.

Debemos discernir los gobiernos y los políticos a la luz de su obediencia a las leyes de Dios. Los gobernantes, como todo ciudadano, están sujetos a las leyes de la moral. Estas leyes son parte de la ley natural, son accesibles a la razón cuando se buscan con sincero corazón. Ejemplo: El respeto a la vida humana, salarios justos, etc. «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres». (Hch 5, 29)

La doctrina social de la Iglesia expone las obligaciones de los gobernantes y de los ciudadanos de promover y defender todos los derechos humanos y buscar el bienestar de todos en especial los pobres.

Examinar la verdad. Se deben estudiar las propuestas antes de apoyarlas. Hablar es fácil, obrar en la verdad cuesta la vida. Hay que buscar la verdad con la mayor objetividad posible. Más que basarse en lo que dicen los políticos, hay que analizar lo que han hecho para ver si son coherentes, íntegros y honestos. El malvado siempre disfraza sus intenciones con argumentos hermosos.

Evitar la demagogia. Los políticos saben que teclas tocar para encender las emociones, muchas veces irresponsablemente. Cuidado con la manipulación de los sentimientos hacia la patria, la raza, el sufrimiento de los pobres, la libertad, etc. Con frecuencia se crea un mito en torno a un político o se destruye su reputación en base a la repetición de falacias. El cristiano no se debe llevar por las emociones ni por la fiebre que incita a las masas. No debe dejarse engañar por promesas. La prosperidad de los pueblos requiere un largo proceso de construcción y fortalecimiento de un sistema de gobierno, de educación, de trabajo, etc., bajo un estado de derecho que proteja justamente a todos los ciudadanos. Esto no se consigue con la demagogia. Hay que estar preparado para tomar opciones que no sean populares pero que sean justas. Recordemos cómo Jesucristo fue condenado por las masas porque matarlo “era conveniente”.

El fin no justifica los medios. Nunca será aceptable utilizar un medio, en sí mismo perverso, para lograr un bien. Por eso debemos condenar, por ejemplo, el terrorismo, el aborto, el secuestro, la mentira y la difamación.

Ordenar las prioridades. El bien común de la nación debe estar por encima de intereses personales. Al mismo tiempo, no se deben violar los derechos naturales de ninguna persona. No se debe votar por quien viola la ley natural aunque por otra parte tenga buenas propuestas. Un católico no debe votar por candidatos que favorecen la inmoralidad, tal como es, por ejemplo, el aborto. En casos, como ocurre con frecuencia, en que todos los candidatos carecen de una clara posición moral que cubra todos los campos, el votante debe decidirse por el que al menos promueva los valores fundamentales.

Obligación de participar en la política. En una democracia los gobernantes son elegidos por el voto popular. Es por eso que todo ciudadano tiene la responsabilidad de votar habiendo seriamente estudiado los temas y conocido la posición de los candidatos. Un católico no puede ausentarse de su responsabilidad civil ya que eso sería cederle el paso al mal. El hecho de que haya mucha corrupción en la política no exonera al cristiano de su responsabilidad. Más bien, le debe retar a trabajar por un mundo mejor. El que no vota o vota sin atención a las leyes de Dios es culpable del mal político.

Los obispos de Estados Unidos declararon en 1995: “En la tradición católica, la ciudadanía es una virtud y la participación en el proceso político es una obligación” (Documento “Political Responsibility”)

La libertad. La libertad es un don que conlleva una gran responsabilidad. Como católicos estamos comprometidos a ejercer nuestra libertad siempre para hacer el bien y nunca para violar los derechos ajenos.

En su visita a Estados Unidos en 1987, Juan Pablo II retó a los Estados Unidos a vivir completamente los nobles preceptos de su Constitución respetando la dignidad de todo ser humano:

“Por esta razón, América, tu más profunda identidad y verdadero carácter como nación se revela en la postura que tomes como nación hacia la persona humana. La prueba máxima de tu grandeza está en la forma que trates a cada ser humano, pero especialmente a los más débiles y más indefensos”. (Juan Pablo II en Estados Unidos, 1987)

Algunos dicen que no se debe votar basado en un solo tema. Aunque es cierto que se deben considerar los diferentes temas que afectan a la nación, hay temas que son más importantes que otros y en los que se fundamentan los demás. Hay algunas posiciones políticas que por si solas son tan graves que deberían ser suficiente para no votar por el candidato que las sostenga. Por ejemplo: No podemos votar, en buena conciencia, por un candidato que promueva la “limpieza étnica”, aunque tuviese un gran plan para la economía. Es por esta razón que un católico no debe votar por un candidato que promueva el aborto.

%d bloggers like this: