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Archive for the ‘Evangelio’ Category

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Autor: María Campo | Fuente: http://www.sontushijos.org


¿Saben nuestros hijos lo que es la Navidad?

¿Por fin llega la navidad?
¿Por fin llega la navidad?
Cada año, se va adelantando y aumentando el periodo de la Navidad. Todavía no se han caído las hojas de los árboles y ya empezamos a ver adornos navideños en algunos escaparates. El turrón aparece casi antes que las castañas y sin habernos puesto el abrigo. Las tiendas de juguetes tienen unos atractivos juguetes y juegos, bueno más que atractivos ¡lo último y más divertido! Y por tanto, lo más solicitado! Claro que para conseguirlo hay que adelantarse a la caída de las hojas, las castañas y a los abrigos. Hay que hacer todo lo posible por no quedarse sin ese único y último juguete, si no queremos frustrar a nuestros hijos. Esto es la Navidad. Esto es lo que los niños ven y entienden por Navidad. Por tanto, hoy en día, la Navidad es un amplio periodo de tiempo, delimitado por los comercios, es un conjunto de luces, alegre decoración y color, preciosos regalos y juguetes… Pero realmente, la Navidad es mucho más y desde la familia se puede llegar a transmitir su verdadero sentido.
En primer lugar, explicad a vuestros hijos que estamos celebrando: el nacimiento del Hijo de Dios. Poned el Nacimiento en casa, mejor si es de un material que los niños puedan manipular sin que se rompa, para que puedan besar al Niño, y desde pequeños tengan un gran cariño a María, a José y al Niño Jesús.
Aprovechad a vivir unas fiestas en familia, a estar juntos, dedicaros tiempo entre vosotros padres y hacia vuestros hijos. Disfrutad de ese alegre ambiente que llevan implícitos estos días y dedicar vuestro y su tiempo en algo valioso, como puede ser cuidaros, mimaros, complaceros. Cada uno podéis aportar un plan, una idea y llevarla a cabo. Muchos de estos planes familiares pueden ser actividades para realizar fuera de casa, como visitar los belenes de la ciudad, a veces verdaderas obras de arte, pero en este tiempo, en el frío suele estar presente, puede ser un buen momento para disfrutar todos juntos de actividades y planes dentro del hogar, con el sonido de los villancicos decorando el ambiente de Navidad. Existen muchas actividades que pueden divertir a los niños y en la que toda la familia se puede ver implicada. Los juegos de mesa tradicionales pueden ser una buena opción. Con ellos podemos, además de divertirnos, enseñarles a estar sentados y quietos en la mesa durante un tiempo determinado, esperar su turno, hacer y trabajar en equipo… Además, podemos entretenernos con otros muchos juegos sencillos, utilizando materiales cotidianos: disfrazarse con ropas y complementos viejos, inventar historias, crear un mural en familia, elaborar las felicitaciones de Navidad personalizadas…
A la hora de planificar todas estas actividades es importante tener en cuenta las aportaciones de todos los miembros de la familia. Es bonito cumplir tus propios sueños pero más aún cumplir el de los demás. Enseñemos a nuestros hijos a complacer y pensar en los demás. La Navidad es un buen periodo para aprovechar a educar y transmitir a los niños valores como la generosidad. Es verdad que debemos tener presentes y trabajar los valores durante todo el año, pero hay que aprovechar la Navidad, periodo lleno de buenos propósitos e intenciones para que los niños entiendan y aprendan de una manera práctica el hecho de pensar y ayudar a los demás. Para ello, dentro de las actividades familiares se puede incluir visitas a algún familiar enfermo o que viva solo, colaboración familiar en algún centro de acogida, asociación… Es un modo de encontrar la felicidad y satisfacción personal ayudando a los demás, lejos de los regalos y lo puramente material.
Así pues, hagamos que estas vacaciones navideñas no sean unas fiestas más, esforcémonos por darles lo mejor a nuestros hijos: tiempo, dedicación y un verdadero sentido de la Navidad ¡Feliz Navidad!
María Campo.Licenciada en Pedagogía.
Especialista en Dificultades de Aprendizaje – DDAA Suiza, máster en orientación familiar.
Diplomada en magisterio de educación infantil y actualmente miembro de un proyecto de investigación sobre la educación en valores de la Universidad de Navarra.

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Adviento

Autor: Tere Fernández del Castillo | Fuente: Catholic.net
El Adviento, preparación para la Navidad
Tiempo para prepararse y estar en gracia para vivir correctamente la Navidad

 

El Adviento, preparación para la Navidad
El Adviento, preparación para la Navidad

Significado del Adviento

La palabra latina “adventus” significa “venida”. En el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Jesucristo. La liturgia de la Iglesia da el nombre de Adviento a las cuatro semanas que preceden a la Navidad, como una oportunidad para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Señor.

El color litúrgico de este tiempo es el morado que significa penitencia.

El tiempo de Adviento es un período privilegiado para los cristianos ya que nos invita a recordar el pasado, nos impulsa a vivir el presente y a preparar el futuro.

Esta es su triple finalidad:

– Recordar el pasado: Celebrar y contemplar el nacimiento de Jesús en Belén. El Señor ya vino y nació en Belén. Esta fue su venida en la carne, lleno de humildad y pobreza. Vino como uno de nosotros, hombre entre los hombres. Esta fue su primera venida.

– Vivir el presente: Se trata de vivir en el presente de nuestra vida diaria la “presencia de Jesucristo” en nosotros y, por nosotros, en el mundo. Vivir siempre vigilantes, caminando por los caminos del Señor, en la justicia y en el amor.

– Preparar el futuro: Se trata de prepararnos para la Parusía o segunda venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”. Entonces vendrá como Señor y como Juez de todas las naciones, y premiará con el Cielo a los que han creido en Él; vivido como hijos fieles del Padre y hermanos buenos de los demás. Esperamos su venida gloriosa que nos traerá la salvación y la vida eterna sin sufrimientos.

En el Evangelio, varias veces nos habla Jesucristo de la Parusía y nos dice que nadie sabe el día ni la hora en la que sucederá. Por esta razón, la Iglesia nos invita en el Adviento a prepararnos para este momento a través de la revisión y la proyección:

Revisión: Aprovechando este tiempo para pensar en qué tan buenos hemos sido hasta ahora y lo que vamos a hacer para ser mejores que antes. Es importante saber hacer un alto en la vida para reflexionar acerca de nuestra vida espiritual y nuestra relación con Dios y con el prójimo. Todos los días podemos y debemos ser mejores.

Proyección: En Adviento debemos hacer un plan para que no sólo seamos buenos en Adviento sino siempre. Analizar qué es lo que más trabajo nos cuesta y hacer propósitos para evitar caer de nuevo en lo mismo.
Algunas ideas para vivir el Adviento


La Corona de Adviento

Algo que no debes olvidar

El adviento comprende las cuatro semanas antes de la Navidad.
El adviento es tiempo de preparación, esperanza y arrepentimiento de nuestros pecados para la llegada del Señor.
En el adviento nos preparamos para la navidad y la segunda venida de Cristo al mundo, cuando volverá como Rey de todo el Universo.
Es un tiempo en el que podemos revisar cómo ha sido nuestra vida espiritual, nuestra vida en relación con Dios y convertirnos de nuevo.
Es un tiempo en el que podemos hacer un plan de vida para mejorar como personas.

Cuida tu fe

Esta es una época del año en la que vamos a estar “bombardeados” por la publicidad para comprar todo tipo de cosas, vamos a estar invitados a muchas fiestas. Todo esto puede llegar a hacer que nos olvidemos del verdadero sentido del Adviento. Esforcémonos por vivir este tiempo litúrgico con profundidad, con el sentido cristiano.
De esta forma viviremos la Navidad del Señor ocupados del Señor de la Navidad.

Visita nuestro Especial de Navidad

 

 

 

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Autor: P. Cipriano Sánchez LC | Fuente: Catholic.net ¡Todo empieza de nuevo, Cristo ha resucitado! ¡Alegría de Cristo resucitado! ¡Alégrese toda la tierra! ¡Alégrate tú, Cristo te ha salvado! Vamos a hacer de esta reflexión una contemplación de la experiencia que Pedro tiene sobre la resurrección de Cristo. Dice el Evangelio: “Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Nathanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos”. Recordemos que Cristo ha resucitado. Todos han sido testigos: ha estado con ellos, les ha hablado y les ha prometido que dejaba al Espíritu Santo, han visto el milagro de Tomás; sin embargo, la soledad vuelve a rodearles. “Simón Pedro les dice: ‘Voy a pescar’. Le contestan ellos: ‘También nosotros vamos contigo’. Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada”. Los apóstoles estaban solos respecto a Cristo, solos respecto a su oficio de pescadores. ¡Y de pronto sucede algo que ellos no esperaban! Una de las características de las apariciones de Cristo es la gratuidad. Cristo no se aparece para dar gusto a nadie. Cristo mantiene en sus apariciones una gratuidad. “Me aparezco cuando quiero, porque yo quiero”. Con lo que Él nos vuelve a manifestar que Él es el verdadero Señor de la existencia. “Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era él. Díeles Jesús: Muchachos, ¿no tenéis pescado?” ¡Imagínense cómo le contestarían…, después de toda la noche trabajando se habían acercado a la orilla, y un señor imprudente les pregunta si no tienen pescado! Y Él les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. Echan la red y resulta que ya no la pueden arrastrar por la abundancia de peces. ¿Qué sentirían? “El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: Es el Señor”. De nuevo se repiten las mismísimas situaciones al primer encuentro con Jesús: Un día, después de pescar infructuosamente, todos en la barca regresan. Los experimentados han fracasado, y un novato les dice que echen ahí las redes, que ahí hay peces. La echan y efectivamente la red se llena. ¡Cuántas cosas semejantes al primer amor! Juan no lo narra, lo narran los otros evangelistas, pero sabe al primer encuentro. Y Juan, que ama y es amado, dice: “Es el Señor”. Reconoce los detalles del inicio de la vocación. Es como si Cristo buscase dar marcha atrás al tiempo para decir: “Todo empieza de nuevo, sois verdaderamente hombres nuevos”, como en el primer momento, como en el primer instante. Como que el primer amor vuelve a surgir desde el fondo de nosotros mismos para recordarnos que somos llamados por Cristo. Juan, en la fe y en el amor, reconoce al Señor, y Pedro sin pensar dos veces, se lanza de nuevo hacia Él. Ya no es el Pedro del principio de este Evangelio: amargado, triste, enojado. Es un Pedro que ha oído: “Es el Señor”; y se lanza al agua. Y después viene toda esa hermosísima escena de la comida con Cristo, en la que el Señor produce de nuevo la posibilidad de comunión con Él, en amistad, en cercanía y en abundancia. “Siendo tantos los peces, no se rompió la red”. Todo esto va preparando la experiencia de Pedro con Cristo. Hay ciertos temas que Pedro no ha tocado aún, hay ciertas situaciones que Pedro no se ha atrevido a señalar. Hay un aspecto que Pedro, aun estando con Cristo resucitado, no ha resuelto todavía: la noche del Jueves Santo; la negación de Pedro. Es un tema que Pedro tiene encerrado en un closet con siete llaves. Tan es así, que Pedro se lanza al aguan como diciendo: “aquí no ha pasado nada, yo vuelvo a ser el primero”. Y Cristo dice: “traed los peces”. Y Pedro es el primero en ir a buscarlos. Como si a base de estos gestos uno quisiese tapar aquellas cosas que no nos gustan que los demás vean. Y continúa el Evangelio diciendo: “Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan ¿me amas?”. Cristo vuelve a preguntar por el amor. “[…] Apacienta a mis ovejas.” Cristo confirma a Pedro su misión. Y este amor que Cristo nos propone, es un amor nuevo. No es el amor de antes, no es el amor de aquella jornada junto al lago en la que Cristo les pregunta: “¿Quién soy yo para vosotros?”, y Pedro responde: “eres el Hijo de Dios.” No es el amor de la sinagoga de Cafarnaúm cuando Cristo les dice: “¿También vosotros queréis marcharos?”, y responde Pedro: “Señor, ¿a dónde iremos?” No es el amor del jueves por la tarde, cuando Cristo le dice: “Uno de vosotros me va a entregar”, y Pedro salta. Cristo le dice: ¿Sabes qué? Tú me vas a negar tres veces. Y Pedro, explotando, dice: Yo antes daré mi vida que negarte a ti. No es ese amor, no es el amor antiguo, el amor que nace de la propia decisión, el amor que nace, como un río, del propio corazón. Es el amor que, como lluvia, Cristo deposita sobre el desierto del alma de Pedro. Es el amor que se derrama sobre el alma, un amor que ya no procede de mi certeza, de mi convicción, de mi inteligencia, de mis pruebas, de mi tecnicismo; es el amor que nace sólo del apoyo que Cristo da a mi vida. Y ese amor es el amor que me va a hacer superar la debilidad para ponerme de nuevo en el seguimiento del Señor. No es el amor que nace de mí, sino el amor que viene de Él. “En verdad, en verdad te digo, cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas a donde querías; pero cuando llegues a viejo extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras.” Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme. Y Pedro ve a Juan y le dice a Jesús; “Señor, y éste ¿qué?” Y Jesús le responde: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme”. Con esto Jesús le está diciendo: Olvídate de tu alrededor, deja de lado todos los otros apoyos que hasta ahora has tenido; tú, sígueme. La resurrección, por sí misma, no es una garantía de nuestra proyección y lanzamiento con corazones resucitados. Habiendo sido testigos, nuestra vida puede continuar igual, sin transformaciones reales. Y esto lo vemos cada uno de nosotros en nuestra vida constantemente. Somos testigos de tantas cosas, y a lo mejor nuestra vida sigue igual. La resurrección, el hecho de que veamos a Cristo, de que experimentemos a Cristo resucitado, la alegría de Cristo resucitado, a lo mejor, lo único que hace es dejar nuestra vida un poco más tranquila, pero no renovada. Sobre nuestra vida puede proyectarse la sombra del pasado o la incertidumbre del futuro. Nuestra vida puede seguir aferrada a antiguas certezas, a los criterios que nos han servido de brújula durante mucho tiempo. Es bonito que Cristo haya resucitado, pero repasemos nuestra vida para ver cuántas veces pensamos que no nos sirve de mucho y que en el fondo hasta es mejor que las cosas sigan como están. Pedro no parece tener todavía una conciencia plena de lo que significa la resurrección de Jesucristo: lo vemos apegado a sus antiguos hábitos. Pedro sigue siendo el mismo, nada más que ahora se siente más solo, porque casi lo único que ha sacado en claro es la debilidad de su amor. Después de tres años, para Pedro lo único que prácticamente hay claro es que su amor es sumamente débil. Pedro se ha dado cuenta de que puede fallar mucho y de que no sabe ser roca para los demás. Junto a todas las cosas de que ha sido testigo tras la resurrección de Cristo, en el corazón de Pedro hay algo que pesa: la pena, el fracaso para con quien él más ama. Esto es como una herida tremenda en el corazón de Pedro, que ni el Domingo de Resurrección, ni las otras apariciones han sido capaces de curar, de limpiar, de purificar. A pasar de todos sus esfuerzo —cuando le dice María Magdalena: “ahí está el Señor”, y corre; le dice Juan: “es el Señor”, y se lanza al agua—, el corazón de Pedro tiene una experiencia de profunda tristeza. Él sabe que es muy débil, más aún, nada le garantiza que no lo volvería a hacer, y casi prefiere ni pensar. Quizá nosotros, después de esta Cuaresma en la que hemos ido recogiendo, como un odre, todas las gracias, todos los propósitos de transformación, todas las necesidades de cambio, todas las ilusiones de proyección, todavía podríamos tener un peso en nuestra alma: el saber que somos débiles, que nada nos garantiza que no volveríamos al estado anterior. Y, la verdad, se está muy a gusto pensando en la resurrección, mejor que pensar en esto. La resurrección por sí misma no es garantía; pero, si queremos dar un paso adelante, nos daremos cuenta de que Cristo a Pedro lo renueva en el amor y en la misión. El diálogo en la playa entre Cristo y Pedro es un diálogo de renovación en el amor. Pedro amaba a Cristo, y desde el primer momento en que Cristo le pregunta: “Simón, hijo de Juan”,( ya no le dice Pedro) me amas más que éstos?” Le dice él: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Esa certeza, el amor a Cristo, Pedro la tiene clavadísima en su alma. Pedro, después de tres veces de preguntarle Cristo sobre el amor de su alma, se da cuenta de que, muy posiblemente, ese triple amor está curando una triple negación. Pedro constata que su amor se había quedado enredado en las tres veces que dijo: “No conozco a este hombre”. Cuando lo negó por tres veces, sus palabras, sus miedos encadenaron el amor vigoroso de Pedro. Y cuando Cristo sale al patio y lo mira, esa mirada hizo que Pedro se diera cuenta de las cadenas que él había echado. Y Cristo como que quiere retomar la escena. Y así como retoma la escena de la vocación de ese primer momento, Cristo retoma la escena de la negación, como si Cristo le dijera a Pedro: “¿dónde estás?, ¿dónde te quedaste?, ¿te quedaste en el Jueves Santo?; vamos a volver ahí. Y Cristo renueva el diálogo con Pedro donde se había quedado, y Cristo renueva su amor a Pedro y el amor de Pedro hacia Él, donde se había quedado atorado, en el jueves por la noche. Cristo nos enseña que amarle en libertad significa ser capaces de mirar de frente nuestras debilidades, de volver a recorrer con Él los caminos que por miedo no nos atrevemos a cruzar. Quizá, cada uno de nosotros tenga un jueves por la noche; quizá, cada uno de nosotros tenga una criada, una hoguera, unos soldados y un gallo que canta. Y Cristo, con amor, nos enseña a mirar de frente esa negación para que ya no nos atoremos ahí: “Si un día me dijiste no, camina ahora conmigo”. El día que Pedro negó a Jesucristo, a lo que Pedro le tuvo miedo fue a morir por Cristo, a morir con Cristo. Pedro sabía que si decía que era discípulo del Señor, le podían echar mano y llevarlo al calabozo. Pero el amor de Cristo retoma a Pedro y se lo lleva, purificándolo hasta anunciarle que él también un día va a morir por Él. “Cuando eras joven te ceñías tú mismo, cuando seas viejo extenderás los brazos, otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras”. Y luego añadió: “Sígueme”. Cristo nos renueva con su amor para que atravesemos ese tramo de nuestra vida en el que el miedo a morir con Él, el miedo a entregarnos a Él nos dejó atorados. Ese tramo de nuestra vida en el que todavía nosotros no hemos atrevido a poner nuestros pies porque sabemos que significa extender las manos y ser crucificados. Cristo no le pregunta a Pedro: “¿me vas a volver a negar?” Sino que le pregunta: “¿me amas?”. A Cristo le interesa el amor. Sólo el amor construye, porque sólo el amor repara, une, sana y da vida. El amor renovado, el amor resucitado es el lazo que Cristo vuelve a lanzar a Pedro. El amor capaz de pasar a través de la propia experiencia, ese amor que es capaz de pasar por lo que uno una vez hizo y preferiría no haber hecho, y guarda su conciencia; ese amor que es capaz de pasar por el propio pasado, por la imagen que yo hubiera podido forjarme de mí mismo. Ese amor es el inicio que reconstruye un corazón cansado, porque este amor ya no se apoya en nosotros, sino en Cristo. «Sígueme», no te sigas a ti mismo, no sigas tus convicciones, tus gustos, tus ideas. Este amor ya no se apoya en ti; es el amor que proviene de Cristo, el amor que nace de Dios. Dirá San Juan: “Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama, no ha conocido a Dios porque Dios es amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene, en que Dios envió al mundo a su Hijo Único, para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero y nos envió a su Hijo como propiciación para nuestros pecados. Si Dios nos amó de esta manera, también nosotros nos debemos amarnos unos a otros”. La experiencia de Pedro es la experiencia de un amor renovado. Pero al mismo tiempo, la experiencia que Pedro tiene de Cristo resucitado, es un amor que no se puede quedar encerrado, es un amor que se hace misión. Es un amor que renueva la misión de apóstoles que nos ha sido dada; es un amor que, en nuestro caso, renueva el vínculo con la misión evangelizadora de la Iglesia, renueva el compromiso cristiano a que fuimos llamados al ser bautizados. No es un amor que se queda en un cofre guardado, es un amor que se invierte, es un amor que se reditúa, es un amor que se expande. Y este amor es un amor que no teme; no teme a la cruz que significa la misma misión, porque va acompañado de Cristo que me dice: “Sígueme”.

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Lengua y sabiduría

Lengua y sabiduría

Epístola de Santiago
Autor: La Biblia

Capítulo 3: Santiago 3

1 No os hagáis maestros muchos de vosotros, hermanos míos, sabiendo que nosotros tendremos un juicio más severo,
2 pues todos caemos muchas veces. Si alguno no cae hablando, es un hombre perfecto, capaz de poner freno a todo su cuerpo.
3 Si ponemos a los caballos frenos en la boca para que nos obedezcan, dirigimos así todo su cuerpo.
4 Mirad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen, son dirigidas por un pequeño timón adonde la voluntad del piloto quiere.
5 Así también la lengua es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. Mirad qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande.
6 Y la lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo y, encendida por la gehenna, prende fuego a la rueda de la vida desde sus comienzos.
7 Toda clase de fieras, aves, reptiles y animales marinos pueden ser domados y de hecho han sido domados por el hombre;
8 en cambio ningún hombre ha podido domar la lengua; es un mal turbulento; está llena de veneno mortífero.
9 Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a imagen de Dios;
10 de una misma boca proceden la bendición y la maldición. Esto, hermanos míos, no debe ser así.
11 ¿Acaso la fuente mana por el mismo caño agua dulce y amarga?
12 ¿Acaso, hermanos míos, puede la higuera producir aceitunas y la vid higos? Tampoco el agua salada puede producir agua dulce.
13 ¿Hay entre vosotros quien tenga sabiduría o experiencia? Que muestre por su buena conducta las obras hechas con la dulzura de la sabiduría.
14 Pero si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad.
15 Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca.
16 Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad.
17 En cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía.
18 Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz.

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Salmo 37 y Evangelio

La felicidad será para el justo y la ruina para los impíos.

“No te escandalices al ver el éxito de los malos, ni los envidies.” Este salmo desarrolla la enseñanza de los sabios de Israel: ni el poder, ni la riqueza dan acceso a la herencia que Dios promete a sus hijos.


1No te acalores pensando en los malos ni envidies a los que cometen maldad.
2
Muy pronto se marchitarán como la hierba, se secarán como el verdor de los prados.
3
Confía en el Señor y haz el bien, habita en tu tierra y come tranquilo.
4
Pon tu alegría en el Señor, él te dará lo que ansió tu corazón.
5
Encomienda al Señor tus empresas, confía en él que lo hará bien.
6
Hará brillar tus méritos como la luz y tus derechos como el sol del mediodía.
7Cállate ante el Señor y espéralo; no te indignes por el aprovechador, 14_c
por el que atropella al pobre y al pequeño.
8
Calma tu enojo, renuncia al rencor, no te exasperes, que te haría mal.
9
Pues los malvados serán extirpados y tendrán la tierra los que esperan al Señor.
10
Sólo un momento y ya no está el impío, si buscas dónde estaba ya no lo encontrarás.
11
Los humildes heredarán la tierra y será grande su prosperidad.
12
El malo conspira contra el justo, y rechina los dientes contra él.
13
Pero el Señor se burla de él, porque ve que le llega su hora.
14
Han desenvainado la espada los malvados y tensado su arco para matar al justo.
15
Pero su espada les traspasa el corazón y sus arcos se rompen.
16
Al que es justo le va mejor con poco que al malvado con toda su riqueza.
17
Porque al malo le quebrarán los brazos, en cambio a los justos los apoya el Señor.
18
El Señor cuida los días de los buenos, su herencia será eterna.
19
Cuando haya escasez no tendrán problemas y tendrán qué comer cuando arrecie el hambre.
20
Pero los impíos perecerán y sus hijos mendigarán el pan.
Los que odian al Señor desaparecen como flores del prado, y se desvanecen como el humo.
21
El impío pide fiado y no devuelve, pero el justo es compasivo y comparte.
22
Los que él bendice poseerán la tierra, y los que él maldice serán eliminados.
23
El Señor guía los pasos del hombre; lo afirma si le gusta su conducta.
24
Si el bueno cae, no se queda en tierra, porque el Señor lo tiene de la mano.
25
Fui joven y ahora soy viejo, pero nunca vi a un justo abandonado.
26
No se ha cansado de dar y prestar: en sus hijos se notará la bendición.
27
Apártate del mal y haz el bien, y tendrás una casa para siempre.
28
Porque el Señor ama lo que es justo y no abandona jamás a sus amigos.
Los pecadores perecerán para siempre y se acabará la raza de los malos.
29
Los justos poseerán la tierra y habitarán en ella para siempre.
30
Medita el justo los dichos de los sabios y si habla, expresa lo que es justo.
31
Con la ley del Señor en su corazón, sus pasos no vacilan.
32
El malvado anda espiando al justo y trata siempre de darle muerte.
33
Pero el Señor no lo deja en sus manos ni permite que sus jueces lo condenen.
34
Espera en el Señor y sigue su camino, él te librará de los impíos, y te mantendrá hasta que heredes la tierra; presenciarás la caída de los malos.
35
He visto al impío, vuelto tirano, elevarse como un cedro del Líbano.
36
Pasé de nuevo, pero ya no estaba; lo busqué, pero no lo encontré.
37
Observa al perfecto, mira al hombre recto: toda una posteridad tendrá el hombre de paz.
38
Los pecadores, en cambio, de una vez se irán, la raza de los malos será exterminada.
39
La salvación de los justos viene del Señor, él es su refugio en tiempos de angustia.
40
El Señor los ayuda y los libera, salva a cuantos confiaron en él.

  • Mateo 5, 11 Bienaventurados ustedes, cuando por causa mía los insulten, los persigan y les levanten toda clase de calumnias. Alégrense y muéstrense contentos, porque será grande la recompensa que recibirán en el cielo. Pues bien saben que así persiguieron a los profetas que vinieron antes de ustedes.

  • 2 Timoteo 4 Te ruego delante de Dios y de Cristo Jesús, juez de vivos y muertos, que ha de venir y reinar, y te digo: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, rebatiendo, amenazando o aconsejando, siempre con paciencia y dejando una doctrina. Pues llegará un tiempo en que los hombres ya no soportarán la sana doctrina, sino que se buscarán maestros a su gusto, hábiles en captar su atención; cerrarán los oídos a la verdad y se volverán hacia puros cuentos.

  • 2 Corintios 11 ¿Por qué? ¿Acaso porque no los amo? ¡Dios lo sabe! Pero lo hago y lo seguiré haciendo para quitar toda posibilidad a los que buscan como competir conmigo y pasar por iguales a mi. En realidad son falsos apóstoles, engañadores disfrazados de apóstoles de Cristo. Y no hay que maravillarse, pues si Satanás se disfraza de angel de luz, no es mucho que sus servidores se disfracen también de servidores del bien. Pero el fin será el que merecen sus obras.

  • 2 Timoteo 3 Has de saber que en los últimos días habrá momentos difíciles. En efecto, los hombres serán egoistas, amantes del dinero, farsantes, orgullosos, chismosos, rebeldes con sus padres, ingratos, sin respeto a la religión. No tendrán cariño, ni sabrán perdonar, serán calumniadores, desenfrenados, crueles, enemigos del bien, traidores, sinverguenzas, llenos de orgullo, más amigos de los placeres que de Dios. Ostentarán apariencias de piedad, pero rechazarán sus exigencias. Evita a esa gente.

  • Galatas 5 13-26

    ¿Cual es la verdadera libertad?
    LA VERDADERA LIBERTAD

    Nuestra vocación, hermanos, es la libertad. No esa libertad que encubre los deseos de la carne, sino del amor por el que nos hacemos esclavos unos de otros. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.. Pero si se muerden y se devoran unos a otros, ¡cuidado! que llegarán a perderse todos.

    Por eso les digo: caminen según el espíritu y así no realizarán los deseos de la carne. Pues los deseos de la carne se oponen al espíritu y los deseos del espíritu se oponen a la carne. Los dos se contraponen, de suerte que ustedes no pueden obrar como quisieran. Pero dejarse guiar por el Espíritu no significa someterse a la Ley.

    Es fácil reconocer lo que provienen de la carne: libertad sexual, impurezas y desverguenzas; culto a los ídolos y magia, odios, ira y violencias; celos, furores, ambiciones, divisiones, sectarismo y envidias; borracheras, orgías y cosas semejantes. Les he dicho, y se los repito: los que hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.

    En cambio, el fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de si mismo. Estas son cosas que no condena ninguna Ley.

    Los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus impulsos y deseo. Si ahora vivimos según el espíritu, dejémonos guiar por el Espíritu; depongamos toda vanagloria, dejémonos de ser más que los demás y de ser celosos.

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